ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 143 – Marzo de 2012

ESTUDIO EXEGÉTICO–HOMILÉTICO 143 – Marzo de 2012

Instituto Universitario ISEDET

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Buenos Aires, Argentina

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Responsable: Álvaro Michelin Salomon

 

25 de Marzo de 2012 (Quinto Domingo de Cuaresma)

Sal 51:1-12

Jer 31:31-34 (EEH 37, 6 de abril de 2003)

Heb 5:5-10 (EEH 73, 2 de abril de 2006)

Jn 12:20-33 (EEH 1, 9 abril de 2000

 

Sal 51:1-12

Reminiscencia de II Samuel 11—12

El Salmo 51 es un clásico de las confesiones de pecado utilizadas en la iglesia. El encabezamiento, muy probablemente no original, aclara que el contexto personal donde surgió este himno-oración se debe al pecado del rey David cuando se enamoró de Betsabé, esposa de Urías el heteo (o hitita), según II Samuel 11—12. Cuenta esta historia que el rey David, paseando por la azotea de su palacio en Jerusalén, vio a una hermosa mujer que se estaba bañando. La mandó buscar, tuvo relaciones con ella y Betsabé quedó embarazada. David manda buscar a Urías, el esposo de Betsabé, lo emborracha en un banquete y después hace que cumpla la función de los soldados más valientes que van al frente de batalla.
Entonces, en un ataque del reino a una ciudad de los amonitas, mueren varios soldados israelitas y entre ellos también Urías. Después de pasado el luto acostumbrado, David se casa con Betsabé y ella tiene un hijo de esa relación.

En II Sm 12 aparece el profeta Natán, quien interpela astutamente al rey David con una parábola. David cae en la trampa del profeta y asesor personal, y, sin saberlo en un primer momento, juzga su pecado al condenar al personaje rico de la parábola. Leemos en II Sm 12: estas palabras de Natán, quien dice:

“… ¡Tú eres ese hombre! Así ha dicho el Señor, Dios de Israel: «Yo te consagré como rey de Israel; yo te libré del poder de Saúl, yo te di el palacio que fue de tu señor, y puse en tus brazos tus mujeres. Además, yo te entregué las tribus de Israel y de Judá y, por si esto fuera poco, yo estaba dispuesto a darte mucho más».

“¿Por qué menospreciaste la Palabra del Señor, y actuaste mal delante de sus ojos? Al hitita Urías lo mataste por medio de la espada de los amonitas, para quedarte con su mujer…” (II Sm 12:7-9, versión Reina-Valera Contemporánea).

Continúa la amonestación de Natán y David reconoce que ha pecado. El primer hijo de Betsabé y David finalmente muere… pero después Betsabé queda nuevamente embarazada y el nuevo hijo se llamará Salomón, quien será el sucesor de su padre David.

Es un hecho muy saludable para la historia bíblica que el A.T. haya preservado ese incidente del rey David, un rey ejemplar en muchos aspectos, pero no así en cuanto al origen de su relación amorosa con Betsabé. El Sal 51, leído, orado y cantado bajo ese trasfondo, evoca entonces una faceta personal del rey David pero que, al mismo tiempo, da pie para que cada persona orante ponga delante de Dios sus propios pecados. De lo contrario no se habría transmitido este salmo.

Por otro lado debemos destacar tanto la proclamación de la verdad por parte del profeta Natán y su valentía en enfrentar al rey, como también la humildad de David al reconocer su pecado.

 

Breve comentario del Sal 51:1-12

La Biblia de Jerusalén incluye el encabezamiento o título del salmo como vers. 1-2, numerando el comienzo propiamente de la oración a partir del v. 3; mientras que otras Biblias como Reina-Valera y Dios habla hoy incluyen todo como v.1. Así lo tomamos ahora en nuestro comentario.

vv. 1-2 – Hay una clara conciencia de pecado en esta persona orante. En más de una iglesia se comienza el culto con la confesión de pecados y éste es el caso, precisamente, del presente salmo. Dirigirse a Dios en oración implica el reconocimiento de las propias limitaciones, y esto es una característica sobresaliente en los vv.1-17. El término jésed (misericordia) es uno de los conceptos fuertes en el A.T., aplicado especialmente a Yavé pero, en consecuencia, deseable asimismo para la vida de los israelitas.

vv. 3-5 – Nuevamente el reconocimiento del pecado es expuesto desde lo más profundo del ser, en una angustia existencial por la permanencia de esa falta de santidad delante de Dios. El pecado es una afrenta a Dios, una falta de respeto a su juicio y justicia. El orante aquí sufre por cómo es su vida y porque Dios no se merece esto. En una relación íntima del creyente con Dios (pacto o alianza en la terminología bíblica), el pecado en la parte humana no se corresponde con la santidad y la justicia en la parte de Dios. Lo trágico en ello es que el pecado viene desde la concepción en el vientre materno, formando así una característica propia de la vida… al menos, según este salmo, en el caso particular de esta persona sufriente, prácticamente desesperada en su oración.

v. 6 – Émeth (verdad, fidelidad) y hokmá (sabiduría) son otros conceptos fundamentales en el A.T. Tenemos los denominados libros sapienciales o de sabiduría que conforman una parte constitutiva del canon bíblico, en los cuales la sabiduría como conocimiento práctico desde la fe en Dios, para la vida de cada día, juega un rol fundamental. Y en los libros proféticos y en los salmos la verdad-fidelidad también es un atributo indiscutible de Dios.

En nuestro versículo el salmista reconoce que es Dios mismo quien hace posible el reconocimiento del pecado personal. La sabiduría práctica que viene por la comunión con Dios permite que la persona orante se vea a sí misma como lo que es delante de Dios: pecadora. Esa es la verdad. Se quita el velo de las apariencias para poder ver cómo realmente es la esencia del íntimo ser y sus manifestaciones.

Claro, no todo es pecado, de lo contrario el salmista no podría recibir positivamente el amor de Dios por la verdad ni participar de la sabiduría de comprenderse mejor a sí mismo.

vv. 7-9 – Desde lo profundo de la conciencia pecadora desea fervientemente el salmista recuperar el gozo y la comunión más plena con Dios y consigo mismo. Imágenes como el hisopo (planta aromática de uso ritual), el lavado y la nieve, le sirven al salmista para expresar su anhelo de purificación, de restitución de su dignidad como criatura de Dios, de superación del peso de su pecado. Se siente impuro y se dirige al Dios que puede purificarlo. Se siente pecador y ora al Dios santo. Se siente indigno y caído en desgracia, y espera ser levantado por la misericordia de Dios. Se siente culpable y confía en el perdón de su Dios.

vv. 10-12 – El salmista, pese a su pesimismo antropológico personal, confía en que
Dios puede hacer otra cosa de su vida, sacarle del pozo y ponerlo de nuevo en la superficie de la dignidad. Ora porque espera en Dios. Ora porque sabe que solo no puede salir de su laberinto. Ora y ve la luz en las nuevas posibilidades que Dios puede ofrecerle. El verbo bará (crear) es el primer verbo de la Biblia: “en el principio creó (bará) Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1). El Génesis utilizó ese verbo para la creación del mundo como obra de Dios. Ahora, en el Sal 51, el mismo verbo está referido a la nueva creación pero desde el alma de una persona angustiada, con culpa y pesadumbre. Dios también puede crear, o re-crear, a partir de un humano adulto que ha experimentado algo así como una destrucción de su ser. Pero el Espíritu Santo puede venir en auxilio y renovar el alma para restablecer el gozo de la salvación. Hasta los huesos (v.8), como testigos de la profunda aflicción, pueden ser también una señal de la presencia de Dios que restituye al orante su certeza de gozo, salvación y perdón.

Continúa el Salmo 51 en los vv.13-19 con el salmista ya en condiciones de proclamar las bondades de Dios a otras personas, incluyendo a quienes son tan pecadores como él mismo. Hay varios aspectos importantes: una perspectiva de esperanza social, la superación de un ritualismo vacío y la súplica por Jerusalén como capital renovada de la justicia y la religión sana.

El apóstol Pablo en Rom 7 describe las complejidades del alma también con un sentido de aguda introspección o análisis que hoy llamaríamos psicológico.

Sobre el Espíritu de Dios en el AT:

a)     El Espíritu de Dios como fuerza activa:

·        Moisés (Nm 11:17,25);

·        Josué (Nm 27:18; Dt 34:9).

·        Sansón (Jc 13:25; 14:6; 15:14s);

·        Jefté (Jc 11:29);

·        Saúl (I Sm 11:6s).

·        David (I Sm 16:13).

·        Elías y Eliseo (II Re 2:9).

·        Profetas como hombres de Espíritu (Os 9:7; Zac 7:12; Is 48:16).

·        Profetas que reconocen la acción del Espíritu de Dios (Ez 3:12,24; Joel 2:28-29).

·        Sabios (Job 32:8,18).

·        Mesías anunciado (Is 11:2);

·        Siervo de Yavé (Is 42:1).

·        Futuro profeta (Is 61:1).

b)     El Espíritu de Dios como fuerza creadora:

·        Espíritu creador en la creación misma (Gn 1:2; Sal 104:4).

·        Vida en el Espíritu (Ez 37:1-14; Job 27:3; Sal 104:29s).

·        Espíritu re-creador (Éx 15:8,10; Is 40:7).

c)     El Espíritu de Dios como fuerza ética-existencial:

·        Espíritu de Dios en el futuro Mesías (Is 11:1-6).

·        Espíritu de Dios en el Siervo de Yavé (Is 42:1-6).

·        Espíritu de Dios en el pueblo creyente (Ez 36:25-27; Jer 31:31-34).

·        Espíritu de Dios como maestro y guía (Sal 143:10; Zac 7:12).

 

Hacia la predicación y futuras meditaciones

a)     Una ayuda homilética puede ser la lectura de los siguientes fragmentos de las Confesiones de Jeremías (pp.56, 58-59):

“¡Ay! ¿Me atreveré a decir que Tú permanecías callado mientras yo más y más me alejaba de Ti? ¿Podré decir que no me hablabas? Pero, ¿de quién sino tuyas eran aquellas palabras que con voz de mi madre, fiel sierva tuya, me cantabas al oído? Ninguna de ellas, sin embargo, me llegó al corazón para ponerlas en práctica. Ella no quería que yo cometiera fornicación, y recuerdo cómo me amonestó en secreto con gran vehemencia, insistiendo sobre todo en que no debía yo tocar la mujer ajena. Pero sus consejos me parecían debilidades de mujer que no podía yo tomar en cuenta sin avergonzarme.”

      “Mas sus consejos no eran suyos, sino tuyos, y yo no lo sabía. Pensaba yo que Tú callabas, cuando por su voz me hablabas; y al despreciarla a ella, sierva tuya, te despreciaba a Ti, siendo yo también tu siervo. Pero yo nada sabía.”

      “… Yo quise robar, y robé; no por necesidad o por penuria, sino por mero fastidio de lo bueno y por sobra de maldad. Porque robé cosas que tenía yo en abundancia y otras que no eran mejores que las que poseía. Y ni siquiera disfrutaba de las cosas robadas; lo que me interesaba era el hurto en sí, el pecado.”

      “Este es, pues, Dios mío mi corazón; ese corazón al que tuviste misericordia cuando se hallaba en lo profundo del abismo. Que él te diga qué era lo que andaba yo buscando cuando era gratuitamente malo; pues para mi malicia no había otro motivo que la malicia misma. Detestable era, pero la amé; amé la perdición, amé mi defecto.

b)     En nuestra sociedad se dan dos extremos claramente diferenciados (a veces en uno/a mismo/a): la soberbia y la baja auto-estima. Ambos extremos son causantes de problemas en la persona y en su entorno. Para orar como el salmista del Salmo 51 y sentir verdaderamente que es una oración nuestra, es probable que sintamos que hemos pasado por algún período de vanidad, despreocupación o soberbia, y que ahora caemos en un estado de bajo auto-estima gracias al reconocimiento del pecado. No hay por qué esperar a ser homicidas ni torturadores ni agresores físicos para experimentar el pecado en nosotros/as. La sensibilidad que nos otorga la fe en Dios nos hace, precisamente, sabios con respecto al conocimiento auténtico de nosotros/as mismos/as.

c)     El tiempo de Cuaresma nos invita a mirar una y otra vez a Cristo y, por Cristo, a re-considerar la historia bíblica desde la fe. Como el salmista frente a Dios, quedamos con el alma desnuda cuando oramos, por lo tanto necesitamos ser llenos de la presencia del Espíritu Santo.

d)     Si pensamos que aún no aprendimos a orar, leamos y releamos los Salmos, que son lecciones de oración.

 

Bibliografía

Elmer Leslie: Salmos I – LXXII, en Comentario Bíblico de Abingdon, Tomo II, Bs.As., La Aurora, 1939.

Roland Murphy: Salmos, en Comentario Bíblico “San Jerónimo”, A.T. II – Tomo II, editado por Brown – Fitzmyer – Murphy, Madrid, Cristiandad, 1971.

Serafín Ausejo – Herbert Haag – A. Van den Born y otros: Diccionario de la Biblia, Barcelona, Herder, 1973, art. “Espíritu de Dios”.

San Agustín: Confesiones, Bs.As., Ed. Paulinas, 1984.